miércoles, 7 de noviembre de 2012



BIOGRAFIA
Entre los cambios democráticos de gobierno del mundo contemporáneo, resulta difícil encontrar parangón al entusiasmo y la expectación que en 2008 despertó la elección de Barack Obama como presidente de Estados Unidos. El aspirante negro del Partido Demócrata, que simplemente como candidato ya estaba haciendo historia, cautivó a paisanos y foráneos por el color de su piel, su carisma tranquilo y telegénico, sus mensajes conciliadores y su llamamiento a superar unidos el sombrío panorama de una gran crisis nacional y a la vez global. Durante unos meses, a caballo entre 2008 y 2009, el mundo vivió una verdadera Obamanía, fenómeno transfronterizo y transcultural que evocaba el tirón popular de estadistas excepcionales como Gorbachov o Mandela y del que no era fácil sustraerse, aunque ahora, cuatro años después, esta efusión afectiva tiende a ser vista como desmedida o incluso infundada.
Sin embargo, es necesario recordar el especial contexto de aquella elección, pues explica los atributos providenciales y casi mesiánicos adjudicados al político norteamericano: una extendida sensación de hartazgo por los ocho años de Administración Bush, con su legado negativo en múltiples terrenos, y el anhelo general de líderes capaces de traer concordia y progreso, y de generar confianza y esperanza en tiempos de amenazas terroristas, guerras inconclusas, desbarajuste ecológico y seísmo económico. La mayoría del pueblo estadounidense ansiaba un cambio de rumbo y la comunidad internacional esperaba un vuelco en las políticas de la debilitada superpotencia, en un sentido más multilateral y dialogante. Obama ofrecía algo de Roosevelt (la promesa de la reconstrucción), de Kennedy (una visión ilusionadora de América) y de Carter (la decencia regeneradora), tres de sus predecesores demócratas, pero él además, sin ser realmente un tribuno de esta causa, simbolizaba la culminación de muchos años de luchas de la comunidad afroamericana contra el racismo y por los derechos civiles.
Estadista pragmático y cerebral, nada impulsivo o espontáneo, más deliberativo que resolutivo, propenso al consenso y abierto a temporizar, articulado y correcto en las formas, de personalidad amable pero sobria, incluso fría a veces, Obama, desde el primer día, quiso sofrenar las expectativas de mudanzas revolucionarias y de mejoras prácticamente instantáneas -como si él fuera un taumaturgo-, advirtiendo que los problemas a que hacía frente eran muy numerosos, muy complejos y muy profundos, toda una ducha de realismo para no dejarse obnubilar por el triunfalismo circundante. Algo de ello tuvo la concesión al dirigente del Premio Nobel de la Paz prácticamente a las primeras de cambio, en octubre de 2009, cuando Obama todavía no había tenido tiempo de apuntarse un logro tangible para la paz y la seguridad, más allá de sus declaraciones de intenciones y un puñado de discursos sensacionales. El galardonado agradeció el premio como un valioso acicate para su agenda que buscaba mejorar el mundo, pero aseguró no merecerlo.
Hoy, en su recta final, el primer mandato de Obama es un compendio mixto de tareas sin hacer (la reforma migratoria, el cierre de Guantánamo, el Estado palestino), fracasos incontestables (las elecciones al Congreso de 2010, el déficit exorbitante, la pertinacia nuclear iraní), batallas de desgaste con los republicanos (la negociación fiscal), cumplimientos sin alharacas (la retirada de Irak y el principio de retirada, penosa y rodeada de incertidumbre, de Afganistán), medidas de resultado discutible (el estímulo de la economía golpeada por la Gran Recesión, la reforma de Wall Street) y sonadas victorias, aunque muy trabajosas de conseguir y luego de breve rendimiento en las encuestas (la reforma sanitaria, la caza de Osama bin Laden). La ambivalencia se manifiesta claramente en el cara a cara con la pesada herencia de la etapa Bush, donde la voluntad de ruptura o reversión ha dejado intactos multitud de capítulos polémicos.
Desde 2008, el movimiento por el cambio, el cambio posible y factible, se fue desinflando en cuanto a expresión colectiva de fe y el desencanto de los votantes demócratas por un balance de realizaciones que esperaban más lustroso le pasó factura al presidente. En el otoño de 2012, parcialmente recuperado de su momento más bajo –entre agosto y octubre de 2011- en las encuestas de popularidad y con la economía intentando remontar vuelo, un Obama desmitificado pero aún sólido y con buenas opciones luchaba contra el republicano Mitt Romney por la obtención del segundo mandato, el cual reclamaba para poder completar la empresa reformadora por la que se le encumbró.
El titular llegó a la trascendental jornada del 6 de noviembre de 2012 en una situación de virtual empate con Romney, si acaso tímidamente adelantado tras el desastre del huracán Sandy. Al final, la alta participación y la movilización del voto hispano, crucial como nunca, se tradujeron en una expresión renovada de confianza popular en Obama, reelegido hasta 2017 con unos resultados más discretos que los de 2008.



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